Este es un relato de una amiga mía (que firma al final) que me encantó la primera vez que lo leí y que me encanta cada vez que lo leo.
Quizás porque me siento identificado con el protagonista y me encantaría tener sus “problemas”, benditos problemas.
Es muy bonito y creo que es bonito compartir lo bonito jeje
No os doy mas la lata y aquí os lo dejo para que cuanta más gente lo pueda leer, mejor .
GRACIAS ”MICA”
Bonillas Coaching
EL DON
Estaba ahí sentado preguntándose por enésima vez qué es lo que había pasado, cuándo no debió responder “sí”, cuándo sí debió responder “no”, o simplemente cuándo debió callar ¿Por qué le resultaba tan fácil? Mientras engullía una bolsa de cacahuetes a punto de caducar, viendo la película del domingo por la tarde, solo-claro y triste-también, seguía dándole vueltas. A lo mejor no debería haber estado en los lugares donde estuvo, en los momentos en los que estuvo…no, hubiera dado igual, el don hubiera superado cualquier barrera espacio-tiempo, qué tontería, entonces ¿por qué no era capaz de controlarlo? Era fácil: a) seleccionar hacia quien o quienes dirigirlo y b) disminuir la intensidad del impacto-resultado.
Como todos los dones, empezó manifestándose tímidamente: “si, bueno, tienes razón aunque también podrías…” “¿has probado a ….?”, pero poco a poco (era inevitable) los resultados obtenidos fueron propagándose cual gripe invernal o salmonella estival, así que se fue corriendo la voz: los hambrientos, amargados, enamorados, desenamorados, frustrados, rencorosos, envidiosos y apáticos llenaban su buzón de mensajes, su mail de correos y sus días de citas, algunas a horas intempestivas, lo que le había provocado desde hace años un insomnio “estacional”, según le habían diagnosticado.
Por recibir sus consejos le ofrecían a cambio favores extraordinarios prometiendo, jurando y perjurando, compañía asegurada, amistades perpetuas, hasta amores incondicionales, y él, ingenuo o imbécil, se lo creía a pies juntillas, aunque, admitámoslo, no era difícil sucumbir a una fe ciega en las contraprestaciones prometidas. Tampoco les culpaba a ellos de hipocresía o falsedad, acaso cuando tu vida parece que no tiene sentido, cuando no encuentras tu lugar en el mundo, cuando tu conciencia no te deja conciliar el sueño, cuando dejas de creer en el amor o simplemente cuando no soportas al mundo en general o al prójimo en particular, ¿no ofrecerías lo que fuera por cambiar eso? Así pensaba y así estaba: ahí sentado, viendo la película del domingo por la tarde, solo-claro y triste-también, preguntándose por enésima vez lo que había pasado, cuándo no debió responder “sí”….
Pero entonces ocurrió: sintió un escalofrío que le hizo incorporarse del sillón, sus manos se empaparon de sudor frío, sus pies se entumecieron, su boca se secó solidaria con sus labios repentinamente agrietados, su corazón galopaba, perdió la capacidad de pestañear, su órganos dejaron de emitir señales al cerebro, detalle éste imprescindible pues el cerebro debía estar centrado. Estaba ahí para él, sólo para él, era su oportunidad, había llegado el momento, tantos años de espera, sólo un instante y al fin él estaría al otro lado.
Se levantó hacia su mesa de trabajo de la que arrancó un post-it amarillo, cruzó el pasillo hasta llegar a la cocina, se apoyó en la encimera de la ventana, escribió algo en el papelito y lo pegó en la puerta de la nevera. Tras unos minutos mirándolo, ya vuelto en sí, se preparó un plato de pasta para recobrar fuerzas después de lo ocurrido. Esa noche durmió como nunca antes lo había hecho.
Al día siguiente fue caminando al trabajo, hacía un día soleado y había que aprovecharlo. Al volver a casa para darse una ducha antes de acudir a su primera cita de verdad, entró en la cocina, fue hacia la nevera para comprobar si seguía pegado el post-it amarillo y lo volvió a leer: “Aplícate tus consejos (sentimos la tardanza)” .
Así trabajan los dones, se dijo.
Conchi Gómez Oliva
31.05.09